Tierra de Hombres

12 abril, 2006

La semana santa


Ya ha comenzado la Semana Santa, tiempo de asueto para muchos, de descanso, de unas merecidas vacaciones, o por lo menos, de poder disfrutar unos días con la familia, algo muy importante también. Mucha gente aprovecha y se va hacia zonas costeras (que me lo digan a mi, Alicante ya está inundado de esta gente dispuesta a disfrutar de la playa), otros hacia la montaña.

Pero para muchas personas también es tiempo de devoción, de sacrificios, de embuirse de este periodo de recogimiento. Y he de decir que soy uno de ellos. Desde el pasado domingo de Ramos son multitud las procesiones que inundan Alicante, pero sobre todo se traduce a partir de lunes y martes, y con mucha más asistencia de gente desde hoy miercoles.

Da gusto cuando estás procesionando por las calles de tu ciudad, con tu paso, o tus pasos, como llega a ser el caso de mucha gente, y escuchas esos aplausos, esas saetas, esa gente emocionada que aprecia tu sacrificio personal. En algunos casos se nos dice que es que tenemos pecados que expiar. Por supuesto, como los tiene todo el mundo, pero no es solo eso. O por lo menos, en mi caso, tiene otros motivos.

El lunes, cuando estaba procesionando con el Cristo de las Siete Palabras como costalero fue la primera toma de contacto este año con la Semana Santa, y es un sacrificio que asumes encantado. Lo haces por gusto, por compartir, por ayudar a un amigo, a un familiar, a un amigo lejano que echas de menos, al familiar de un compañero que ya no se encuentra entre nosotros... Pero mientras estás en silencio todo ese tiempo te da tiempo a pensar, a reflexionar, y a saber que estás haciendo un trabajo en equipo, y que como todo trabajo en equipo, tiene su recompensa. Y lo mejor es que ese trabajo en equipo lo vives mucho antes de salir, mientras te pones la faja, la vesta, hasta el final, cuando todos nos felicitamos por el trabajo realizado cuando devuelves al Señor a su hogar, en este caso a la Parroquia de Nuestra Señora de Gracia.

Ayer martes si que viví una sensación nueva, porque nunca había procesionado con la Virgen de los Dolores, y aunque conlleve mucho sacrificio como costalero de este paso también, es algo inenarrable. Primero desde que te haces el costal, te pones la faja y demás rituales antes de salir. Luego, cuando empiezas a cargar, y el capataz te va dando ordenes, hasta que te dice rodilla a tierra. Entonces te arrodillas, para poder sacar a la Virgen por la puerta de la Iglesia, y te vas arrastrando hasta que consigues salir. Y luego volver a ponerte en pie, escuchando un redoble de tambores y los aplausos de la gente, que te pone los pelos de punta. Luego, en el transcurso de la procesión, cuando tienes un momento de respiro y sales de un relevo, también la gente te lo agradece. Y tu se lo agradeces a ellos. Ayer también tuve una anecdota con una señora sevillana, y son de esas cositas que igual ella no se da cuenta, pero te llega al corazón. Se acerco a preguntarme si era uno de los costaleros de ese paso, y lógicamente, le respondí afirmativamente. Me abrazó, y me dio las gracias, porque le recordaba a su tierra, y así lo sentia. Porque así es como se procesiona en su tierra, con sentimiento y con pasión. Pero mi agradecimiento a ella fue mayor, solo con una sonrisa que arranques, tu sacrificio merece la pena

Y a fin de cuentas, de eso se trata en la Semana Santa. De hacerlo todo de corazón, y con mucho sacrificio. Habrá gente que lo entienda de mil maneras, pero desde luego naciendo todo de dentro, es mucho más sencillo


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